samedi 11 juin 2011

Postales de mundos perdidos


Sentada en Orly, hecha un mar de lágrimas, maldije a la persona que se llevó una parte de mi, de mis recuerdos. Maldije y maldigo sus sucios dedos, que seguramente habrán dado “Delete” sin remordimientos a las aproximadamente 1750 imágenes que componían la colección de fotos de mi viaje más reciente. Espero que si tiene en mente un viaje, uno soñado y mil veces planeado, como el mío, nunca pueda poner sus pies en esa tierra lejana y tenga que conformarse con ver las imágenes en su PC o por televisión. Que ese sea el precio de la risa de hiena que seguramente se apoderó de ella cuando encontró mi pequeño tesoro.

Mi valioso mosaico se componía, por ejemplo, de esa foto llena de espontaneidad de Hellen y Normis concentradas mirando un mapa de Estambul extendido sobre la mesa del desayuno, planeando el itinerario del día. Adiós a aquella foto mía en blanco y negro sentada sobre un muro con la imponente Mezquita Azul de fondo. También se perdió esa imagen extraordinaria llena de luz calida en donde Agya Sofía parecía tener vida propia. La foto hermosa de las tres en un balcón, ahí mismo, rodeadas de enormes trazos de bellísima caligrafía árabe, pasó a la historia. Ese día vimos un tipo que a Norma le gustó: pelirrojo, pecoso… Vincent van Gogh reencarnado.

El amigo de Michi... cuando le preguntamos a qué de dedicaba dijo, con toda la seriedad del caso, que era « naked model ». Si nos hubiéramos tomado la foto que yo quería, él en bola y nosotras vestidas, hoy estaría lamentando aun más mi perdida. El naked model salía vestido en mis fotos en su medio natural: la facultad de artes de alguna universidad en Estambul a la orilla del Bósforo. El azul profundo de ese mar se veía por las ventanas de los estudios de pintura y escultura y me parecía estar en una burbuja con olor a trementina. Desde mi burbuja vi a una mujer al exterior, sentada sobre un muro, de labios muy rojos cuyo pelo negrísimo jugaba con la brisa.

Se perdieron ese par de fotos que tomamos mientras caminábamos por las calles aledañas al Gran Bazar y veíamos la estética extrañísima de los vaporosos vestidos de las vitrinas. Sobredosis de boleros, prenses y lentejuelas, odas al mal gusto en otro contexto. Recuerdo que de repente estalló un canto triste, el canto melancólico que llama a la oración en el mundo árabe, y todas las mezquitas se unieron en una sola sinfonía de preguntas y respuestas. Y algunas fotos de nuestras deliciosas excursiones gastronómicas, llenas de té, miel, nueces y pistachos. La mejor de todas estas excursiones fue al otro lado del mar, un sitio sin turistas, banquete visual, olfativo y gustativo… nos miramos las tres y sin decirnos nada supimos que habíamos llegado al lugar indicado.

Las fotos en Taksim con James Bond. « Wales has a Prince… but he’s not our Prince » dijo con su extremadamente sexy acento inglés. Se perdieron los mágicos colores del Bazar de las Especias, epicentro de comercio al cual podría volver un millón de veces sin aburrirme de la bulla, la gente, la música, y el afán infinito de negociar. Ahora solo existen en mi memoria dos imágenes de Normis regateando con un turco que al final la convenció de comprarle no se que cosa, posó feliz para nosotras con su barba perfectamente recortada y nos dijo « chao mariposas » al despedirse. La cara feliz de Al Capone, los ojos profundos de Tizian y el perfil turco de Ahmet, también se perdieron.

Adiós a la foto de Normis y yo sentadas sobre unas rocas con el Partenón atrás. Majestuoso, imponente, eterno. Yo tenía mis Converse rosados, el toque adolescente. La foto mía con una flor en la cabeza, feliz fumándome un cigarrillo en ese bar de Thira en donde los shots eran gratis para nosotras ; o esa otra con una camisa azul y los brazos extendidos en medio de la típica postal de casitas blancas y ventanas azules de las Cíclades. Dos fotos más de La Caldera, último reducto de una explosión furiosa hace miles de años un día que la tierra se despertó con indigestión. Un cataclismo feliz que Dios usó para regalarle a este mundo enfermo los acantilados, el mar y el volcán de Santorini, la grandeza Divina en tres pinceladas. Me duele en el alma esa imagen de Norma y yo viendo la puesta de sol mas famosa del mundo en Oía, acomodadas cada una con un café caliente en las manos.

Había una foto en un bar de Naxos. Ese día le dije a Norma que de no ser por ese paseo a mi se me habría olvidado que otra vida es posible más allá de la Cour aux Ernest. Aparecíamos felices, bailando, yo con mi blusa roja ochenterísima.

Paros… también Paros se fue. Esa anciana griega muerta de risa que tanto me gustaba, o la foto de Norma y yo sentadas en el suelo, yo detrás de ella saliendo por la derecha, en donde se veía el laberinto de calles estrechas y paredes blancas que es el centro de Chora. Ese día nos dijimos “adiós”.

samedi 4 juin 2011

Travesuras de la niña mala



Me gustaría saber por qué Vargas Llosa escribió Travesuras de la niña mala. Me imagino, creo, quiero creer, que un día lo llamó su editor y le dijo "Mario, necesitas escribir algo porque de lo contrario tu público se esfuma (...) no, podemos esperar hasta que se te ocurra algo bueno, así que sácate una idea del culo y escribe cualquier cosa". Meses después (¿semanas?) estaba listo Travesuras de la niña mala.

Y uno llega a la biblioteca ingénuo, todavía adormilado por el buen sabor que deja La Fiesta del Chivo y se topa con un ejemplar de Travesuras. Lo saca de la estantería y lo acaricia con una sonrisa bobalicona, pensando en repetir la buena experiencia que fué El paraiso en la otra esquina. Se aproxima a la bibliotecaria y con aire cándido le dice celui-ci, s'il vous plaît... Oh, naïve!!

Como un jíbaro en la puerta de un colegio, el libro se muestra simpático al principio. El primer capítulo fue una reminiscencia de mi infancia porque Frecuencia Latina fue primordial en mi crianza. Con el segundo capítulo me sentí identificada porque la acción pasa en mi barrio. Me divertí mucho con la psicodelia del tercero, todo un Magical Mistery Tour. Entonces, a la altura del cuarto capítulo, tuve que aceptar una verdad incómoda : estoy leyendo el mismo capítulo desde que empezó el libro, lo único que cambia es la ciudad.

Tendría que haberlo advertido antes: los personajes principales, tristemente planos, no maduran nunca. Los personales secundarios son meros rellenos. De repente, un sentimiento parecido al desengaño que sobreviene a la traición se me instaló entre pecho y espalda. Me sorprendí pasando las páginas en una actitud parecida a la de Bart Simpson cuando, desesperado por la precariedad del Campo Krusty, soporta todo tipo de penurias abrazando una almohada y aferrándose a la esperanza de que Krusty llegue, haga justicia y las cosas mejoren. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el capítulo de Los Simpson, Vargas Llosa nunca llega, nunca le hace justicia a su talento y el libro nunca mejora. Al contrario, cae en una espiral degenerativa de mediocridad y lugares comunes hasta terminar réduit à néant.

¿Por que no simplemente cerrar el libro y mandar a Marito al carajo? Demasiado tarde... la prosa hipnótica de Vargas Llosa ha surtido efecto, los dedos no quieren soltar el libro y hay que terminar. Y uno termina.