dimanche 15 août 2010

El sabor de la tierra mojada



Una de las desventajas de tener padres mayores es que uno crece al lado de personas que ya no soportan mucha adrenalina. Todo es peligroso, todo es cortante, todo es lejos, todo es problemático, todo es un lío. Unas tijeras son tan peligrosas como un revolver. Un color de doble punta puede sacar un ojo. Uno puede cortarse con una navaja incluso estando a tres metros de ella. Y lo más importante: montar en bicicleta es la autopista a la muerte. Caminar en un campo minado es menos riesgoso que pasear en bici. 

Y eso, señoras y señores, fué mi infancia... mirar por una ventana, jugar a las Barbies (sola) y leer mientras oía a lo lejos las risas de los hijos de la gente normal. 

Quizá por eso las personas que hoy pasaban junto a mí se reian tanto. Claro, es que no es normal ver a una muchacha de 25 años aprendiendo a montar en bicicleta. 

Como Julia no está, tomamos la bici de ella y Ceronman y yo empezamos las primeras lecciones en el parquesito de Oranien. Avancé rápido. Ya puedo sostenerme y pedalear pero arrancar sigue dandome problemas y frenar es una operación de alto riesgo. Y claro, ya me di los primeros azotones contra el piso. La primera vez me fuí directo contra un basurero y la segunda vez solo recuerdo que perdí el control y al instante siguiente mi boca se llenó de un sabor que me devolvío a mi más tierna infancia: el sabor de la tierra mojada. Me había dado en la jeta, literalmente. Quedé escupiendo tierra mientras veía pasar a los niños de cinco años tranquilamente en sus bicis. Humillante. 

Cuando ya pude hacer sola un trayecto recibí el aplauso de un grupo de señoras arabes que habían visto mi proceso. Mañana volveremos a intentarlo, la meta es irnos de paseo a Tiergarten.