mardi 31 août 2010

A los veintidós años, en primavera



"A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo." 

dimanche 15 août 2010

El sabor de la tierra mojada



Una de las desventajas de tener padres mayores es que uno crece al lado de personas que ya no soportan mucha adrenalina. Todo es peligroso, todo es cortante, todo es lejos, todo es problemático, todo es un lío. Unas tijeras son tan peligrosas como un revolver. Un color de doble punta puede sacar un ojo. Uno puede cortarse con una navaja incluso estando a tres metros de ella. Y lo más importante: montar en bicicleta es la autopista a la muerte. Caminar en un campo minado es menos riesgoso que pasear en bici. 

Y eso, señoras y señores, fué mi infancia... mirar por una ventana, jugar a las Barbies (sola) y leer mientras oía a lo lejos las risas de los hijos de la gente normal. 

Quizá por eso las personas que hoy pasaban junto a mí se reian tanto. Claro, es que no es normal ver a una muchacha de 25 años aprendiendo a montar en bicicleta. 

Como Julia no está, tomamos la bici de ella y Ceronman y yo empezamos las primeras lecciones en el parquesito de Oranien. Avancé rápido. Ya puedo sostenerme y pedalear pero arrancar sigue dandome problemas y frenar es una operación de alto riesgo. Y claro, ya me di los primeros azotones contra el piso. La primera vez me fuí directo contra un basurero y la segunda vez solo recuerdo que perdí el control y al instante siguiente mi boca se llenó de un sabor que me devolvío a mi más tierna infancia: el sabor de la tierra mojada. Me había dado en la jeta, literalmente. Quedé escupiendo tierra mientras veía pasar a los niños de cinco años tranquilamente en sus bicis. Humillante. 

Cuando ya pude hacer sola un trayecto recibí el aplauso de un grupo de señoras arabes que habían visto mi proceso. Mañana volveremos a intentarlo, la meta es irnos de paseo a Tiergarten. 


mardi 3 août 2010

Die beständigkeit der ignoranz



(from East Side Galery)