vendredi 19 février 2010

Hay que luchar aunque perdamos



Por regla general, pocas bolas le paro a las declaraciones de los secuestrados cuando escapan del infierno. No quiero decir que no las oiga o no las lea, porque sí lo hago, lo que quiero decir es que no me las tomo tan seriamente. Entiendo que después de unas vacaciones forzadas en el Hades cualquiera pierde la razón, y nada mejor que la rueda de prensa post-resurección para hacer catarsis y dejar salir todo el veneno. No creo, claro, que las declaraciones sean falsas. Yo le creí y le creo a Luis Eladio Perez cuando dijo que las FARC humillaron a Ingrid Betancourt cualquier cantidad de veces y que, habiendo intentado fugarse, la golpearon hasta que perdió el sentido cuando se reveló porque iban a ponerle cadenas en el cuello como castigo.

Por otra parte, las palabras de los ex secuestrados son los más crueles testimonios de la guerra. Son historias extremas de supervivencia frente a la adversidad a las que muchas veces acudimos con el morbo de saber quién se acostó con quién en la selva o como fue que Clara Rojas salió en embarazo en medio de semejante angustia. Sólo el morbo explica que Lecompte haya escrito un libro hablando mal de Ingrid y que el divorcio de este par se haya convertido en un circo. Me queda claro que, tratándose de los ex secuestrados, buena parte de la cordura necesaria para desempeñarse en política se perdió en la selva. ¿Para siempre? Posiblemente. 

La entrada que transcribo a continuación pertenece al blog de Julio César Londoño ("el último palmirano ilustre aún no muy conocido que por lo menos sigue viviendo en Palmira" dijo Juancho alguna vez) La frase más bella es la que elegí como titulo de esta entrada. 

Saramago, un santo ateo

El día de su liberación, Sigifredo López habló en una atiborrada Plaza de San Francisco durante una hora y 23 minutos. Al final de ese discurso feliz, dijo que la lectura de El ensayo sobre la ceguera, de Saramago, lo había ayudado a soportar los duros días del cautiverio.

A 5000 kilómetros de distancia, Saramago escuchó las declaraciones de Sigifredo y se echó a llorar. Luego les dijo a los periodistas: Ese momento, esas palabras de un colombiano que no conozco, justifican mi existencia como hombre y mi trabajo como escritor. Gracias, Sigifredo.

“Poco después –cuenta Sigifredo—me hospedé en la casa de Saramago y Pilar del Río en Lanzarote, en un apartamento que hay sobre su biblioteca, una colección que está abierta al público y funciona, en la práctica, como la biblioteca municipal de Lanzarote. Un día, durante el almuerzo, Saramago se quedó mirando el tosco crucifijo de madera que cargo como recuerdo del cautiverio".

–¿Usted es creyente? –me preguntó.
–Sí –respondí–. Usted es ateo, ¿verdad?
–Más o menos, creo en la astrofísica, una divinidad un tanto ebria y metafísica pero diosa al fin.
–Alguien dijo, si Dios no existe todo está permitido. Para los ateos ¿todo está permitido?
–Para mí no –contestó de inmediato–. A nadie le está permitido todo. Las leyes y la conciencia nos imponen límites. Los derechos humanos son una hermosa religión laica. No matarás, no torturarás, no enturbiarás las aguas, no tiznarás el aire.
–Entonces, ¿por qué hay tanta injusticia y crueldad en el mundo?
–Porque hay sujetos muy enfermos, y muchos de ellos (el Diablo sabe cómo hace sus cosas) están en las más altas posiciones…
–¿Cuál es la cualidad humana que más admira?
–Dos: La inteligencia, una destreza de la mente, y la bondad, que es la inteligencia del corazón.
–Si tuviera que escoger entre ser inteligente o ser bondadoso, ¿qué elegiría?
Por primera vez, Saramago se tomó su tiempo para contestar.
–Creo que me quedo con la bondad. Podría vivir con una mente lenta pero me molestaría sobre manera tener un corazón duro.

Miré sus manos y recordé el perfil suyo que trazó en alguna parte: "El nieto de unos viejos que metían en invierno un marrano en la cama, no por amor al marrano sino porque era el único patrimonio de la familia, el muchachito que anduvo descalzo por los campos de Azinhaga, el adolescente de overol que desmontó y volvió a montar motores de automóviles, el hombre que durante años calculó pensiones de jubilación y consiguió subsidios de enfermedad y que más adelante ayudó a hacer libros y después se puso a escribir algunos”.  
–¿Cómo se imagina el mundo dentro de cien años, don José?
–¡No me lo imagino!
–¿Así de pesimista es usted?
–No es que yo sea pesimista ¡es que el mundo es pésimo!
–De verdad, ¿no se lo imagina? ¿No ve ninguna luz?
–No. Estamos atrapados. No hay salida.
–Entonces, ¿no vale la pena luchar?
–¡Como se le ocurre, muchacho, hay que luchar aunque perdamos! Lo único que vale la pena es el trabajo, es lo que le da sentido a la vida. La fiesta es un intermezzo. Los que no luchen se irán al infierno –dijo con una sonrisa llena de valor, llena de bondad.

"Se veía bello así, ya viejo pero aún guerrero, fatal como un griego, tragicómico como el Quijote, lúcido como su paisano Pessoa, irónico como todos los modernos. Me provocó abrazarlo pero no me atreví. Es incómodo abrazar a un hombre sentado. Termina uno abrazando la silla. O la cabeza, que es lo único que emerge, y la cabeza, se sabe, sólo se la pueden tocar los mayores a los menores. Es un privilegio jerárquico."

"Ese día pensé, por primera vez en mi vida, que si es verdad que los ateos se van al infierno, yo quiero ir allá cuando muera para seguir conversando con don José."

samedi 6 février 2010

El deporte del colegio



El deporte más popular de este colegio es hacer correr a los alumnos gradas abajo mientras suena la alarma del sistema de protección contra incendios. Ni a Andrés ni a Diego les tocó pero a Ceronman y a Martha sí. Y uno sale con cara de aburrimiento si es de día o muerto del sueño y de la ira si es de noche. Esta mañana, por ejemplo, sonó a las seis. Y no era nada. Como siempre. La alarma se enciende con el humo de un cigarrillo y todo el mundo lo sabe. El día que pase algo de verdad nadie saldrá ("nos va a tocar tirarnos por la ventana", acaba de decir Martha "y lo peor es que estamos en el último piso, que no es lo mismo").